Sabía lo que se decía cuando le asaltaban las dudas. Parece ayer el día en el que todo andaba lejos: hasta el momento de verse feliz. Aquella mañana, levantó la vista, se miró en el espejo y vio la cara pálida de todos los días: Cansado, con la media sonrisa del triunfador deseado y el tímido gesto del que no se conforma.
Dudó entre la corbata y el pullover de lana antes de mirar la agenda para ver sus reuniones. No podía ser lo que acontecía. Laura se había ido. Hace ya algunos meses que no sabía nada de ella salvo por los recuerdos del último disco dentro del aparato o el libro que no se había atrevido a quitar de la mesita de noche. Las fotos y los aparejos de aseo, no había tardado en quitarlos y guardarlos en el armario donde solía guardar la esperanza y alguna naftalina.
No se hablaba ya con demasiada gente porque la frase le parecía huérfana y la palabra cansada. Solía escribir en Internet las cosas que le pasaban por la cabeza, sin mucho sentido, para luego esconderse detrás de un nombre inventado en honor a algún viejo amigo.
No tenía mucho que ganar, sólo las tres o cuatro apuestas que se había hecho con sus más cercanos, referentes a su cambio de vida. Entonces, cogió la maleta, justo después de decidir pullover y esbozar satisfecho una sonrisa esmerada. Incorporó dos pantalones y alguna camisa de entretiempo, sus dos libros favoritos y un viejo cuaderno que tenía de cuando vivió en París. Tomó camino a la estación, odiaba los aeropuertos, cogió el primer tren: uno que llevaba al norte.
Cuando escuchó sonar el aviso de partida, sintió que la duda marchaba, recordó algunas de las estancias de la casa, el silencio. Le pasó por un momento un sabor espeso. Tuvo nostalgia, se sentó y miró al futuro. En el ipod sonaba Gardel.
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lunes, 31 de marzo de 2008
Publicado por Sergio Cortés en 8:50 0 comentarios
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